Educar Creativamente

En defensa de la hiperactividad

El concepto de hiperactividad, que la Real Academia Española de la Lengua, define como una “conducta caracterizada por un exceso de actividad”, carga con una importantísima connotación negativa desde que en 1992 La Organización Mundial de la Salud reconoce el Trastorno de la Actividad y la Atención como entidad clínica.

Sin embargo la hiperactividad es una cuestión cuantitativamente subjetiva que solo puede considerarse como trastorno o rasgo negativo en el caso de que genere dificultades para la salud, el aprendizaje o la relación social.

¿Qué se considera una actividad excesiva en un niño?
¿Cómo cuantificamos lo que es normal y lo que no?
¿No será que la hiperpasividad de muchos adultos choca de frente con esa necesidad innata de todos los niños de experimentar con la movilidad de su cuerpo en cualquier momento y situación?

Los niños no paran quietos

Esta es una realidad que trae de cabeza a muchos docentes y también a muchos padres.

La mayoría de los adultos hemos crecido en la convicción de que el aprendizaje solo se produce cuando el niño está sentado en un pupitre y frente a un libro. Para aprender a leer y escribir es necesario un libro, un cuaderno y un bolígrafo.

Leer los carteles mientras se pasea por la ciudad, o escribir con un palo en la arena de la playa no se consideran actividades didácticas. Mucho menos contar historias fantásticas mientras se pasea por un bosque, trepar por los árboles, correr, saltar o jugar en los columpios.

No somos conscientes de que sin este tipo de actividades, sin estos juegos físicos, el cerebro no puede desarrollarse. Porque el cerebro se crea y se desarrolla en los seres vivos que se mueven a voluntad; y existe, precisamente, para permitir ese movimiento.

Si al niño no se le ofrece la oportunidad de experimentar con la movilidad del cuerpo, su cerebro no se desarrollará adecuadamente y este subdesarrollo generará problemas de aprendizaje.

Es más, cuanto mayor sea la gama de movimientos que el niño experimenta y llega a dominar, mayor será el número de sinápsis o conexiones neuronales que genere su cerebro; y por tanto, mayor su capacidad para aprender y retener conocimientos.

Cuando obligamos a los niños a permanecer quietos, sentados, no estamos favoreciendo su desarrollo cognitivo sino todo lo contrario: estamos mermando su capacidad para aprender.

Los niños no paran quietos porque ese movimiento es imprescindible para su desarrollo cognitivo. Sienten una tendencia natural e irresistible hacia el movimiento y necesitan saltar, correr, trepar y girar, porque es así como aprenden.

El movimiento: ingrediente imprescindible
para que se produzca el aprendizaje

El sistema vestibular, que informa al cerebro de la posición relativa del cuerpo y controla el equilibrio, es el primer sentido que se genera en el feto dentro del vientre materno. Este sistema condiciona el desarrollo del cerebro. Esto nos da una idea de la importancia que tiene el movimiento para la salud cerebral y cognitiva. De hecho, ya hay estudios que demuestran que la neurogénesis (el nacimiento de nuevas neuronas o células cerebrales) también se produce en la edad adulta y está condicionada por el movimiento y el sistema vestibular.

Pero además, el sistema vestibular regula la función de los demás sentidos: vista, oído, olfato, tacto y gusto. Sin la intervención de estos sentidos es imposible que se produzca ningún aprendizaje.

Porque para aprender, incluso sentados frente a un libro, necesitamos ver, oír, tocar… sentir.

El sistema vestibular es una pieza clave en el desarrollo cognitivo del niño, y por eso deberíamos ocuparnos de potenciar su correcto funcionamiento. Y la mejor forma de hacerlo es permitir que los niños experimenten con el equilibrio y el desequilibrio.

Es decir permitir que den vueltas hasta marearse, colgarse de las piernas en la parte más alta del columpio, trepar, cruzar el río saltando por la piedras, hacer todo tipo de volteretas, pinos y croquetas en la alfombra y todas esas cosas que hacen los niños… si les dejamos.

Además, el movimiento es lo único que despierta todas las regiones cerebrales al mismo tiempo. Esa activación máxima aumenta la atención y así permite que se puedan producir aprendizajes mucho mejor anclados y duraderos. Y sobra decir que el movimiento genera una sensación de placer y bienestar (gracias a la segregación de una serie de hormonas y sustancia químicas) que favorece la motivación.

Permitir el movimiento mejora los procesos de aprendizaje en mucha mayor medida que obligar al niño a permanecer sentado.

La hiperactividad es un derecho de la infancia

Estamos cansados de oír y leer las advertencias sobre los riesgos para la salud y los aspectos negativos del sedentarismo, tanto en la infancia como en la edad adulta. Se insta a todos los agentes que intervienen en la educación de los niños a promover una vida activa y dinámica, y a educar en el cuidado del propio cuerpo y la salud psico-física. Se insiste en la importancia de la práctica deportiva y se incluyen escritos en los libros de texto (que los niños deben leer sentados) sobre los beneficios de la actividad física.

Pero paralelamente la sociedad y la educación reglada castigan el movimiento natural, espontáneo, y favorecen el sedentarismo.

Un niño hiperactivo es un niño que responde a su instinto natural, que satisface esa necesidad innata de experimentar con el movimiento y que por tanto logra desarrollar al máximo todo su potencial cognitivo.

Resulta imperativo que devolvamos a los niños su “derecho a la hiperactividad”, para que puedan moverse con libertad y así crecer de forma saludable.
Es imprescindible que les permitamos desarrollar ese “exceso de actividad” que favorecerá un máximo desarrollo cognitivo.


Ainhoa Sarmiento

Experta en educación y desarrollo de la creatividad a través del movimiento.

Activista, formadora y orientadora de nuevos modelos educativos en Educar Creativamente.

Con mi proyecto Aulas en Movimiento ayudo a profesores comprometidos con el cambio y la innovación a utilizar el trabajo corporal y el movimiento como herramientas para mejorar la atención y los procesos de aprendizaje.


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2 Comments
  • Rosa
    Posted at 07:55h, 18 enero Responder

    ¿Qué opinas de cuando los niños no paran quietos a la hora de comer? ¿ Hay que pedirles que paren o hay que dejarles? Lo digo porque cuando uno sale por ahí a comer a algún sitio no quiere ser la madre del niño que hace que se le caigan las bandejas al camarero

    • Ainhoa
      Posted at 11:11h, 18 enero Responder

      jajaja, Es un tema interesantísimo, muchas gracias por la pregunta Rosa.
      Pues la verdad es que mucho niños comen mucho mejor mientras se mueven, sobre todo cuando son pequeños, hasta las 5 o 6 años. Pero claro, por un lado está lo engorroso de comer en movimiento, porque lo manchan todo mucho más y por otro lado está la convención social, lo que podríamos llamar «buenos modales». Pues creo sinceramente que es una elección que deben hacer los padres. Yo personalmente abogo por la libertad de movimiento en cualquier situación y dejo que mis hijos desayunen y merienden «en movimiento». En las comidas principales lo que hago es explicarles por qué comemos sentados y tratar de entretenerles con conversaciones interesantes para que participen del evento social que implica comer en familia.
      También hay que tener siempre presente que llevas niños cuando seleccionas los sitios a los que vas a comer, porque nadie queremos que nuestros hijos le fastidien la velada a otros. A veces tenemos que renunciar a ciertos restaurantes y en cualquier caso darles la oportunidad de moverse antes y después de las comidas para que hayan podido desahogar energía. Con lo que no comulgo en ninguna circunstancia, es en esa estrategia de plantarles delante una tablet o un móvil, para que «nos dejen comer tranquilos». Hay otras alternativas. Yo siempre llevo cuaderno y pinturas en el bolso, un juego de cartas, un libro de pasatiempos o algún juguete pequeño.
      Espero haberte ayudado con esta respuesta. Cualquier otra duda, ya sabes dónde encontrarme 🙂

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